Temo tu silencio.
No el que callamos juntos atónitos ante un
nuevo sol.
No el de después de saciar nuestros
cuerpos.
No el del abrazo al final del día frente al
televisor.
No son esos silencios los que temo, no.
Temo otro silencio tuyo… Ese silencio tuyo
que aprieta tus labios y enturbia tu
mirada.
Ese silencio contrariado preñado de
tempestad.
Un silencio de ciénaga que esconde un
monstruo,
un silencio ceñudo, hiriente, juez,
un silencio sordo, amurallado
contra la súplica de mis labios y mis ojos.
Tu silencio se me atraganta,
Me ahoga, me estrangula, me anula.
Me devuelve a una silla de parvulario,
Castigada, atada y amordazada, sola.
Negada la alegría a la niña de mis cuatro
años.
En tu silencio resuena
el silencio que pactaron mis abuelas.
Es el silencio de mis abuelos muertos en la
cuneta.
Es un silencio asfixiante, anterior a la
batalla.
Y yo quiero gritar, gritar, gritar.
Tu silencio me sienta en un banco gélido de
la Gran Vía,
enamorada, junto a mi primer verdugo,
callado él, con las manos en los bolsillos.
Su perfil despectivo, inamovible,
impertérrito.
Yo, aterrada, aterida, sin respuesta…
Huir, huir, ¡salir corriendo!
Todo antes que aguantar
un silencio estéril, acusador, castrante,
un silencio que susurra “no te quiero”.
Huir, huir, ¡salir corriendo!
Antes abrazar el silencio de las cuchillas.
Porque seguramente debo callar,
porque no tengo razón,
Por no haber hecho o pensado lo correcto.
Porque seguramente soy culpable, culpable,
culpable,
De no quererte yo lo suficiente.
De tu dolor, Amor.